Parte 2: Vida en el taller, traslados en bici y trabajo personalizado.

Durante pandemia, el proyecto tomó vida propia. Comencé a realizar encargos personalizados de agendas, que realizaba una por una en mi Taller en Santiago. Era un arduo trabajo de edición de cada agenda para luego ir en bicicleta a imprimir, traerme los materiales y comenzar a doblar papeles, coser, laminar etc. Andaba mucho en bicicleta: de mi casa a la imprenta, de la imprenta al taller para termoláminar y luego a mi casa a producir. En esa época hacía encuadernación francesa tapa dura, por lo que parte del proceso de realización era cortar las tapas de cartón piedra, encolarlas, prensarlas, coser, cortar a mano cuadernillo por cuadernillo (no tenía guillotina) y poner los elásticos. Por esa pega cobraba $15.000, estaba recién comenzando y no sabía bien como cobrar por mi trabajo y calcular bien los precios. Eso me terminó desgastando mucho física y emocionalmente, por lo que decidí darle una vuelta al proyecto para profesionalizar el oficio y poder comprenderlo comercialmente, ya que había decidido que este trabajo sería parte sustancial de mis ingresos mensuales.
Cada mes tenia 30 pedidos que cubrir. Todo aquel que ha trabajado en edición y trabajo encuadernado sabe que es un desafío el compaginar, por lo que el margen de error en un comienzo -era amplio-. Muchas veces tuve que llegar a mi casa, en bicicleta (después de andar 45 minutos) y darme cuenta que había impreso mal o al doblar los cuadernillos, uno que otro, había fallado. 
De vuelta a la imprenta en bici...

Cabe destacar que no siempre hacía el mismo diseño de planner, sino que a veces me pedían personalizados para distintas profesiones: médicos veterinarios que atendían consultas; planificadores diarios en alemán, planificadores mensuales de gatos, y cada uno con una complejidad editorial diferente. Era mucho trabajo para una persona, así que después de meditarlo, decidí cambiar el rumbo y destino de mi trabajo. Migré a Algarrobo, Región de Valparaíso y comencé otra historia.